El universo en siete cervezas

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“We are a way for the universe to know itself.”

― Carl Sagan.

“Si un árbol cayó en el bosque y nadie lo escuchó, ¿sonó?” Quizás has escuchado este viejo planteamiento filosófico. Es un problema trillado, sin solución consensuada. Así fue hasta ahora, porque yo he venido a aclararlo todo… mentira. Me da flojera resolver el asunto, pero me encanta entretener la idea: ¿realmente nadie lo escuchó?

Disclaimer socrático: Yo solo sé que no sé nada. Esto es una especulación pseudocientífica con extrapolación filosófica. No lo tomes muy en serio, tómalo con unas cervezas. 

Primera ronda: La caída

—Una Guinness, sir.

Hay quien atribuye el problema a un obispo y filósofo irlandés del siglo XVIII: George Berkeley, el mismo de la universidad californiana. Sin embargo, en ningún lugar Berkeley escribió “si un árbol cae y esto y aquello…” En cambio, una de las primeras referencias a esta pregunta aparece en junio de 1883, en The Chautauquan: una revista estadounidense de difusión cultural. En la sección Editor’s Table de la publicación, un lector pregunta:

—Si un árbol cayera en una isla donde no hubiera seres humanos, ¿habría sonado?

El editor contesta:

—No. El sonido es la sensación que se produce en el oído cuando el aire u otro medio es puesto en movimiento.

Y ahí pudo haber quedado resuelto el dilema, pero, como dicen los franceses: Pourquoi faire simple quand on peut faire compliqué? Es decir: ¿por qué hacerlo simple cuando se puede hacer complicado? Desde entonces, quizá desde antes, el planteamiento ha despertado la curiosidad de pensadores de profesión y sin oficio.

El editor de la revista estaba en lo cierto. El diccionario de la lengua española define sonido como: “Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.” 

En efecto, no hay árbol que suene sin oído que escuche. Sin embargo, para algunos hay una pregunta subsecuente: Sin testigos de su existencia, ¿pudo el árbol germinar, crecer, dar frutos, ahuecarse, morir y caer? ¿Existió el árbol desapercibido? 

El planteamiento despierta una interrogante no solo física, sino filosófica: ¿existe la realidad en sí misma o es un constructo de la mente?

George Berkeley ha sido considerado uno de los padres del idealismo subjetivo: Nada puede existir sin ser percibido.

“Todos aquellos cuerpos que componen la poderosa estructura del mundo no tienen subsistencia alguna sin una mente; que su ser consiste en ser percibidos o conocidos; y que, en consecuencia, mientras no sean efectivamente percibidos por mí, o no existan en mi mente o en la de algún otro espíritu creado, deben o bien no tener existencia alguna, o bien subsistir en la mente de algún espíritu eterno.” 

Tratado sobre los principios del conocimiento humano, George Berkeley.

El pensamiento de Berkeley suele resumirse en la máxima “ser es ser percibido”. A simple vista, podría pensarse que el obispo irlandés negaba la existencia de un mundo exterior, lo cual resulta aparentemente incompatible con la idea de un Dios creador. Sin embargo, a mi entender, la tesis de Berkeley no niega la existencia del mundo que nos rodea, sino la de un mundo material que existe en sí mismo. Para el obispo, el mundo subsiste en la mente de un espíritu eterno.

De ahí que la obra del filósofo no sea solo un tratado epistemológico y ontológico, sino también una apología de la existencia de Dios. Como anuncia el título completo de la obra: “sobre los principios del conocimiento humano: en el cual se investigan las principales causas del error y la dificultad en las ciencias, junto con los fundamentos del escepticismo, el ateísmo y la irreligión”.

Esta es una idea provocadora y polémica: ¿vivimos dentro de la mente de un ser superior, un Dios omnisciente, una supercomputadora cuántica, un universo infinito y pensante?

¿Pedimos otra?

Segunda ronda: El ecosistema cósmico

—Una Lagunitas, mi bro.

Yo creo que las cosas existen en sí mismas, entrelazadas las unas con las otras; son absolutos relativos. 

La realidad está allá afuera, arropándonos. Los árboles caen y producen toda clase de vibraciones y efectos en su entorno, en sus islas y bosques despoblados, inhabitados, carentes de oídos. Creo que los objetos y sujetos existen en sí mismos, pero también como parte de un ecosistema cósmico: la Matrix, la mente de un espíritu eterno, las leyes de la física, sea lo que sea y llámenlo como lo llamen. 

Las fronteras de la ciencia se expanden año a año, milenio a milenio, conquistando los parajes que en el pasado pertenecieron a otros reinos: hace dos mil años, conversar en tiempo real con gente al otro lado del mundo era obra de la telepatía, hoy es producto de la telecomunicación; hace un siglo el viaje espacial era un tropo de fantasía, hoy es una proeza aeroespacial. Así intuimos que mucha de la ciencia ficción contemporánea terminará constituyendo la ciencia del mañana. ¿Cuánto del mundo paranormal habrá de normalizarse en el futuro?

Existen fenómenos físicos que desbordan las fronteras de la ciencia actual: la materia oscura, la energía oscura, los confines del universo, el interior de los agujeros negros y el mundo cuántico. 

Tercera ronda: la materia oscura y el universo oculto

—Una Delta IPA (BBP), s’il vous plait.

Durante el siglo pasado, los astrónomos descubrieron que las galaxias giraban tan rápido que sus estrellas deberían haber salido disparadas al espacio. Sin embargo, se mantenían en órbita gracias a una gravedad mucho mayor de la que su masa visible podía generar. ¿De dónde sale esa gravedad extra? De la materia oscura: un material invisible e intangible, perceptible sólo por su influencia gravitacional. Es una sustancia, un pegamento cósmico, quizás hecha de partículas misteriosas, que no absorbe, refleja, ni emite luz. ¿Qué secretos guarda esta materia fantasmal? 

Hay hipótesis extravagantes que especulan sobre un “sector oscuro” del universo. Esta área imperceptible podría poseer una “química oscura” y, quizás, en las especulaciones más excéntricas, de una “biología oscura”: una forma de vida inconcebible para nuestro intelecto, la cual habita entre nosotros. 

¿Sería posible la teoría del bosque oscuro, donde el universo es un lugar lleno de civilizaciones alienígenas escondidas? ¿O acaso este sector es, en la práctica, el Cielo, el Nirvana o el Valhalla, donde residen nuestros muertos transmutados? —Se nos fueron las birras a la cabeza. 

En tal caso, si existiese una “biología oscura”, los raros seríamos nosotros: los científicos estiman que la materia ordinaria (todo lo que podemos ver y tocar) constituye solo el 5% del universo, mientras que la materia oscura representa el 27%. El resto es energía oscura.

Cuarta ronda: la energía oscura y los multiversos

—Una Hoegaarden, dank je wel. 

La energía oscura es la fuerza responsable de la expansión acelerada del universo. Aunque el cosmos tiene unos 13.800 millones de años, la expansión del propio espacio hace que el universo observable alcance hoy un radio de unos 46.500 millones de años luz. Es, por decirlo así, un universo joven para su tamaño, desproporcionadamente grande para su edad.

La materia no puede viajar más rápido que la luz, pero el espacio sí. La expansión ha alejado algunos cuerpos celestes a una velocidad efectiva superior a la de la luz, más allá del horizonte cósmico. La información procedente de esas regiones es inalcanzable: todo lo que queda fuera de ese límite observable ha quedado materialmente desconectado de nuestro universo.

Esta desconexión radical alimenta las hipótesis del multiverso: la idea de que nuestro universo sea sólo una “burbuja” en un océano infinito de universos, separados por la expansión del propio espacio, algunos regidos por leyes físicas ajenas a las nuestras. En esa infinitud, algunos serían inconcebiblemente diferentes; otros, idénticos; y otros, apenas distintos. En estos últimos, el mismo árbol cuya caída aquí pasó inadvertida, allá fue escuchada.

¿Otra? Beer with me, please.

Quinta ronda: los agujeros negros y los universos paralelos

—Una Paulaner, bitte.

Quizás el horizonte de nuestro universo observable sea la membrana de un útero cósmico. Existe la fascinante hipótesis de que nuestro universo entero está dentro de un agujero negro. Esta hipótesis es conocida como la cosmología de Schwarzschild.

Un agujero negro es una región del espacio-tiempo con una concentración de masa gigantesca. Esa concentración produce una gravedad tan extrema que ni siquiera la luz puede escapar. Es un objeto tridimensional, al que se puede caer desde cualquier dirección. Su límite sin retorno (la frontera entre la luz y la oscuridad) se llama horizonte de eventos.

Como hemos mencionado, el universo observable también tiene un horizonte: el horizonte cósmico. 

Ahora, el dato curioso: el universo observable tiene la misma concentración de materia que tendría un agujero negro de su tamaño. Dicho de otro modo: si existiese un agujero negro del tamaño de nuestro universo observable, tendría exactamente la misma densidad de masa que tiene nuestro universo. ¿Y eso no es obvio? No, no lo es. El universo podría concentrar mucha más o menos masa, pero resulta que concentra justo la cantidad que las leyes de la física asocian a un agujero negro de ese tamaño. 

Fue en la década de 1970 cuando se planteó por primera vez, con cierta seriedad, la posibilidad de que el universo estuviera relacionado con un agujero negro. Unos veinte años más tarde, el físico Lee Smolin propuso la hipótesis de la selección natural cosmológica: cada agujero negro podría engendrar un nuevo universo en su interior, con leyes físicas ligeramente distintas. Según esta idea, los universos se reproducirían y “evolucionarían”, dando lugar a universos descendientes.

En un giro poético de la física, lo que queda dentro del horizonte de un agujero negro es inaccesible; lo que queda más allá del horizonte cósmico es inalcanzable. En ambos casos, el resultado es el mismo: una desconexión total de nuestra realidad. Todo lo que cruza ese umbral, ya sea cayendo hacia la vorágine de una singularidad o siendo arrastrado por la energía oscura hacia el abismo universal, queda irremediablemente fuera de nuestra historia, entregado a su propia existencia, como el árbol que nadie oyó caer.

Sexta ronda: el mundo cuántico y los muchos mundos 

—Una Mahou ¡ˈɡɾaθjas!

El universo oculta sus secretos más profundos tras muros infranqueables, algunos colosales y otros subatómicos. Por su parte, la mecánica cuántica sugiere que la realidad está constituida por un multiverso de posibilidades. 

Existe la posibilidad de que los universos paralelos no estén en otro lugar, sino que coexistan aquí mismo como estados cuánticos superpuestos. 

La superposición es la propiedad cuántica por la que un sistema puede estar en varios estados a la vez. Permanece así hasta que interactúa con su entorno; entonces se produce la decoherencia: la superposición se pierde y aparece un único resultado definido. 

Según la interpretación de los “Muchos Mundos” de Hugh Everett, el universo no elige un único camino cuando ocurre un evento; en su lugar, se ramifica. El resto de las posibilidades no desaparecen, sino que nosotros quedamos confinados en una de ellas, perdiendo el contacto con las demás para siempre.

No es que cada decisión abra un nuevo mundo, sino que todas las decisiones posibles ya han sido tomadas en una miriada de mundos perennes y superpuestos.

No hace falta viajar a galaxias lejanas ni atravesar agujeros negros; los otros «yo» están aquí, ocupando nuestro mismo universo cuántico, pero somos incapaces de percibirlos. No es que el árbol sonó o no sonó, existió o no existió, es que sonó y no sonó, existió y no existió. 

A este laberinto de realidades paralelas se suma una promesa final: en el universo, la información nunca se destruye realmente. Este es el principio de conservación de la información.

“Según la física, la información nunca se destruye. En principio, un libro quemado es tan legible como el original, si se analizan las cenizas del fuego, el humo y las llamas para reconstruir las palabras incineradas. (…) El principio de “unitariedad” de la mecánica cuántica sostiene que el universo es reversible: lo que se ha hecho siempre puede deshacerse.” 

—Clara Moskowitz, ¿Guarda secretos el universo? Dentro de la paradoja de la información de los agujeros negros, Scientific American. 

Aprovechemos para hacer ciencia ficción: si el universo es capaz de “leer” las cenizas de un libro, tal vez, en un par de milenios, las supercomputadoras cuánticas puedan hacer lo mismo con nosotros. Quizás logren recuperar y restaurar nuestras conciencias difuntas, entonces esparcidas por el cosmos, desintegradas en cúbits. Tal vez, en un futuro remoto, la computación cuántica podría alcanzar lo que hoy parece un milagro reservado a la teología: la eternidad.

Séptima ronda: un testigo eterno

—Una Polarcita y la cuenta, por fa.

La eternidad es la respuesta más lógica a la existencia. Resulta profundamente inconveniente existir en el tiempo: somos un ente fragmentado, que es lo que es y lo que fue, sin ser todavía lo que podría llegar a ser. ¡Qué complicación! Más simple sería ser, simplemente ser, plenamente ser. Pero, por ahora, habitamos una realidad espacio-temporal: nos movemos en tres dimensiones espaciales (longitud, anchura y profundidad) mientras el tiempo nos arrastra, irremediablemente, en una sola dirección.

Según las matemáticas, existe una versión de nuestro mundo en cuatro dimensiones. En la primera dimensión encontramos un segmento, una línea con longitud pero sin anchura ni altura; en la segunda, ese segmento se convierte en un cuadrado, con cuatro lados y sin volumen; en la tercera dimensión, el cuadrado se transforma en un cubo, por el que podemos movernos a través de sus seis caras. En la cuarta dimensión, el cubo da lugar a un teseracto, un hipercubo formado por veinticuatro caras cuadradas, percibidas todas a la vez desde la perspectiva de un ser cuatridimensional.

Un ser bidimensional —una caricatura habitando una hoja de papel— solo podría moverse en el plano de la hoja, de un lado a otro. Nosotros, seres tridimensionales, vemos esa caricatura desde fuera: podemos observarla entera, desde su anverso y su reverso, doblar su hoja o romperla. Ahora imagina un ser de cuatro o diez dimensiones y lo que podría hacer con nuestra realidad. 

Para este observador, nuestra infancia, nuestro presente y nuestra vejez no serían momentos que “pasan”, sino lugares fijos en un mapa. Podría “caminar” hacia nuestro nacimiento o hacia nuestro último suspiro, como Cooper flotando en la biblioteca cósmica de Interstellar. En esa mirada, nuestro cuerpo se revelaría en su totalidad: desde adentro hacia afuera y en todos sus costados a la vez. Pasado, presente y futuro dejarían de ser una secuencia para convertirse en las caras de un teseracto, permitiéndole percibir todas nuestras realidades y versiones temporales de un solo golpe, “sin superposición y sin transparencia”, como Borges frente al Aleph de Daneri.

Nos obsesiona el viaje en el espacio-tiempo porque estamos atados a él, pero quizás la solución más factible sería deshacerse del mismo, experimentando la eternidad del cosmos. Libres del principio de causalidad, un árbol sonaría antes de ser escuchado. 

Si todo existiese eternamente, los bosques germinarían, crecerían y morirían al mismo tiempo. Estarían habitados y deshabitados por todas las gentes y seres que han existido, existen, existirán y nunca existieron. Todos los árboles caerían y no caerían simultáneamente, todos y ninguno habrían sonado, y todos y ninguno habrían sido escuchados.

En ese ecosistema infinito y atemporal, el dilema del árbol solitario se vuelve irrelevante. Si “ser es ser percibido”, en una realidad configurada por una superposición de posibilidades en una red de información indestructible, el árbol nunca cae en soledad; el cosmos siempre es su testigo. Quizás esa “mente de un espíritu eterno” de la que hablaba Berkeley no sea más que el propio universo existiendo en sí mismo, “percibiéndose” a sí mismo, asegurándose de que cada rama que cae, en cada bosque solitario, tenga su lugar en la eternidad. 

—Ahora bien, la pregunta realmente importante es: si mañana, después de siete cervezas, no recuerdo esta logorrea cosmológica, ¿sucedió?