Un chofer de otro mundo

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En el año 2023 asistí a la Feria del Libro de Granada. El Instituto de Astrofísica de Andalucía me invitó a presentar Descubriendo Galaxias, un librazo genial que había ilustrado recientemente. Es una obra donde su autora, Almudena Alonso-Herrero, nos guía en un viaje galáctico divulgativo, histórico-astronómico, sobre cómo los estudiosos del universo descubrieron la existencia de las galaxias.

Almudena es una astrónoma superestrella —pun intended—. En palabras de la Editorial Next Door: 

“Almudena Alonso-Herrero es doctora en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en las Universidades de Oxford, Arizona y Hertfordshire. En la actualidad es Investigadora Científica del CSIC en el Centro de Astrobiología en Madrid. Investiga la evolución de galaxias así como el material que alimenta los agujeros negros supermasivos y que da lugar a fenómenos energéticos como los cuásares y galaxias activas.

Es Fellow de la Royal Astronomical Society (FRAS) y miembro de la European Astronomical Society (EAS), la International Astronomical Union (IAU), la Sociedad Española de Astronomía (SEA) y, desde el 26 de octubre de 2022, de la Real Academia de Ciencias (RAC).”

Durante la creación del libro había intercambiado correos electrónicos con Almudena; sin embargo, la conocí propiamente en Granada. Valentina (mi señora esposa) y yo nos encontramos con ella en la estación de tren granadina, donde un chofer de la Feria del Libro nos recogería. El coche llegó, piloteado por un andaluz de lo más simpático. Abordamos la nave y nos pusimos en marcha.

El destino era la Corrala de Santiago, Residencia de Invitados de la Universidad de Granada. De la estación al alojamiento hay unos veinte minutos en coche. Muy pronto el conductor rompió el hielo: “Propósito del viaje; duración y plan de la estadía; y a qué se dedican”. Yo dije “soy ilustrador científico”, Almudena dijo “soy astrónoma”. Lo de ilustrador pasó desapercibido, lo de astrónoma no, naturalmente. No todos los días uno sube en su coche a un astrónomo y tiene la oportunidad de decirle sus verdades: La Tierra es plana, plana como una tortilla de patatas. 

Al saber la profesión de Almudena, el chofer dijo algo como: “Ah, bueno… que tú no lo ves como yo”. Y así empezó: primero tímido, luego más suelto, siempre respetuoso, fue esgrimiendo sus argumentos terraplanistas. El educado debate duró todo el trayecto. Me sentí dentro de un video de YouTube, de esos diálogos entre desconocidos con posturas opuestas, tipo Agree To Disagree o Middle Ground, mezclado con un carpool show al estilo de Robert Llewellyn o James Corden.

En algún momento, Almudena se giró hacia Valentina y hacia mí y nos preguntó, genuinamente, incrédulamente: “¿Está bromeando? ¿Verdad?”. Pero no lo estaba. De haber sido una broma, habría sido una bastante elaborada: conocía muy bien la tesis terraplanista, rebatía las conclusiones de la astronomía convencional con rigor pseudocientífico y describía sus experimentos astronómicos caseros. Hablaba con certeza de su mundo, uno plano, aplastado, distinto al nuestro.

“¿Hace falta salir a la estratósfera para confirmar la circunferencia terrestre? ¿Basta con confiar en dos mil años de producción de conocimiento? ¿Cómo alguien puede pensar tales cosas?” Algo así pensé en aquel entonces, pero ahora dudo de que la Tierra sea como una naranja. Me he convertido: ahora pienso que la Tierra es plana, chata como una cachapa… ¡Mentira! Yo no creo en esas cosas, pero cada vez son más los que sí. 

Como el chofer andaluz, alrededor del globo hay gente que piensa que la Tierra es plana. Cada vez son más. No voy a defender la redondez de nuestro planeta; prefiero darla por sentada. Más bien, quisiera entender cómo algunas personas pueden sostener convicciones erróneas incluso frente a evidencia sólida. Ese fenómeno aparece en la política, en el trabajo, en la familia: en toda relación interpersonal. Aunque no es exclusivo de los terraplanistas, ellos son un excelente ejemplo para observarlo. Así que empecemos por conocer de dónde vienen los terraplanófilos. 

De cómo los terraplanistas llegaron a la Tierra

Según algunas hipótesis y modelos especulativos de la astrofísica, podrían existir universos paralelos (esta hipótesis es científicamente más plausible que el terraplanismo). Tales universos se encontrarían tan distantes y desconectados del nuestro que podrían tener una naturaleza completamente distinta, con leyes físicas inconcebibles para nosotros. En uno de ellos podría haber una Tierra plana, habitada por gente como nosotros, pero no por nosotros.

Y la Tierra se hizo redonda

En la Antigüedad, los terraplanistas abundaban en la Tierra. Durante la Edad de Bronce, muchas culturas pensaban que nuestro mundo era un disco plano, una isla flotante en un océano primordial, o una superficie sustentada por columnas, elefantes, tortugas o serpientes. Para algunos tenía borde; para otros, no. El cielo era una bóveda sólida, como un enorme cuenco invertido, adornado con luces, fuegos celestes, deidades o agujeros por donde se filtraba el fuego divino. El Sol y la Luna atravesaban compuertas al amanecer y al atardecer. Pero ya en la Grecia clásica pensábamos distinto… y la Tierra se hizo redonda.

En el siglo V a. C., pensadores como Empédocles y Anaxágoras observaron que la sombra de la Tierra en la Luna era redonda, lo que apuntaba a un planeta esférico, una teoría que el mismísimo Aristóteles defendió. Luego, en el siglo III a. C., Eratóstenes midió la circunferencia terrestre con notable precisión. Para entonces, los terraplanistas eran menos.

Entre los eruditos de la Europa medieval, la esfericidad de la Tierra era comúnmente aceptada. Autores como Beda el Venerable, Tomás de Aquino o Isidoro de Sevilla la daban por sentada. Durante el Renacimiento y la era moderna, con los viajes oceánicos, la observación astronómica y los avances en física, la redondez del planeta se volvió consenso absoluto. Así, los terraplanistas fueron desterrados, pero no para siempre…

El regreso de los terraplanófilos 

Los terraplanistas regresaron en el siglo XIX. El primero fue Samuel Rowbotham, un inglés criado en un ambiente profundamente religioso. En el verano de 1838, con el apoyo de una colonia socialista utópica en Manea, Rowbotham emprendió los célebres Bedford Level Experiments en el Old Bedford River. Allí afirmó ver, a través de un telescopio, un bote navegar sin desaparecer en el horizonte a lo largo de diez kilómetros, lo que interpretó como prueba irrefutable de que la Tierra era plana. 

Rowbotham, orador persuasivo, divulgó sus ideas por toda Gran Bretaña y publicó el panfleto terraplanista Zetetic Astronomy (1849), cuyas ideas expandió en un libro: Earth Not a Globe (1865). Sus publicaciones proponían un modelo de Tierra-disco con el Polo Norte en el centro, un muro de hielo antártico en el borde y un Sol y Luna pequeños sobrevolando el plano terrestre. Además de sus textos y charlas, su mayor logro fue la fundación de la Zetetic Society en Inglaterra y Nueva York, la primera sociedad terraplanista.

Luego vino John Hampden, discípulo terraplanófilo, quien ofreció £500 a quien demostrara que Rowbotham estaba equivocado. El naturalista Alfred Russel Wallace aceptó el reto y en 1870 demostró la curvatura terrestre aplicando las leyes de la refracción, pero Hampden rechazó los resultados. Se negó a pagar y emprendió años de acoso judicial y personal contra Wallace. Pese a la evidencia en contra, el terraplanismo siguió circulando en círculos marginales.

A finales del siglo XIX, Lady Elizabeth Blount intentó vigorizar el movimiento con un enfoque aún más religioso. Fundó en 1893 la Universal Zetetic Society y publicó varias revistas terraplanistas. Sostenía que la Biblia era la única autoridad sobre la naturaleza, que el texto religioso debía entenderse literalmente, y que un cristiano no podía creer en una Tierra esférica. Su activismo mantuvo viva la corriente, aunque con pocos adeptos.

En 1956, Samuel Shenton creó la International Flat Earth Research Society, antecedente directo de la actual Flat Earth Society. Tras su muerte, en los años 70, Charles K. Johnson la reactivó en California. Bajo su liderazgo, llegó a unos 3.500 miembros y adoptó un tono abiertamente conspirativo, denunciando a la NASA y acusando a los gobiernos de ocultar la verdad. El movimiento se fue apagando hacia el final del siglo, hasta la llegada del internet. 

¡Están entre nosotros!

Alrededor del año 2010, el clima político, social, cultural y tecnológico formó un caldo de cultivo para el terraplanismo, un ecosistema habitable para sus adeptos. De pronto nos dimos cuenta: ¡Están entre nosotros! Que ya lo estaban pero antes eran unos pocos, ahora son cada vez más. 

Así como el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno hicieron posible la vida en la Tierra, asimismo hubo una serie de elementos y factores que dieron origen al pensamiento terraplanista moderno.

Factores tecnológicos: No estamos solos

En las últimas décadas, las tecnologías de la información y la comunicación han facilitado el acceso y la producción de conocimiento. Con internet, la información está al alcance de un clic y cualquiera puede convertirse en creador de contenido. La comunicación masiva también cambió: dejó de ser un proceso unidireccional para volverse bidireccional; ahora los miembros de las audiencias reciben el contenido, lo comparten, reaccionan y responden en redes sociales.

En otros tiempos, si por casualidad hubieses oído hablar de un tal Mark Sargent, para saber más sobre él tenías que salir a buscar en bibliotecas o librerías y, con mucha suerte, dar con alguno de sus panfletos. Hoy basta con escribir su nombre en un buscador: Sargent es un youtuber estadounidense y uno de los principales impulsores contemporáneos de la Tierra plana, conocido por videos como Flat Earth Clues.

En siglos pasados, sin internet y redes sociales, Sargent habría sido un excéntrico local: sin viralidad ni algoritmos, sólo panfletos y charlas con corto alcance. Probablemente no habría podido saltar los gatekeepers de los medios e instituciones tradicionales. Hoy no existen editores, productores, curadores e instituciones que se interpongan entre el terraplanista y su audiencia global, gratuita y al alcance de un clic. 

La viralidad digital ha hecho eco de contenidos poco fiables: bulos, teorías conspirativas, extremismo, desinformación. Hay tanta información disponible que cuesta identificar la más fiable. Además, el algoritmo, los grupos de redes sociales y los foros en línea han creado la cámara de resonancia mediática: un entorno digital donde una persona sólo recibe información que confirma sus ideas previas. Así, las mismas creencias se refuerzan una y otra vez, se filtran las opiniones contrarias y se genera la ilusión de que “mucha gente piensa igual que yo”. 

Gracias a la tecnología, la misma que ha democratizado el acceso al conocimiento y a la opinión  pública, hoy es más fácil elegir qué creer y convencerse de ello, incluso si se trata de una idea tan errónea como que la Tierra es plana.

Factores sociopolíticos y culturales: Bienvenidos al Área 51

Durante los últimos cuatro siglos, las condiciones tecnológicas, sociales y políticas facilitaron la exposición de fraudes institucionales, mentiras gubernamentales y abusos del poder. Desde La Ilustración hasta nuestros días, el ciudadano común ha fortalecido la capacidad de cuestionar y enfrentarse a la autoridad, al Big Brother, The Man.

A partir del siglo XVII, con la imprenta masiva y el incremento en la alfabetización, la opinión pública comenzó a cuestionar a reyes, iglesias y autoridades. 

En el siglo XIX, la prensa industrial y barata, junto con el surgimiento de parlamentos y partidos políticos, permitió revelar escándalos y abusos a escala nacional. 

Por su parte, el siglo XX marcó el gran salto: la radio, televisión, prensa internacional y el periodismo de investigación divulgaron operaciones encubiertas, escándalos políticos y documentos clasificados como los Papeles del Pentágono o el escándalo Watergate. 

Así llegamos al siglo XXI, donde el internet, las redes sociales y las filtraciones digitales de alcance global (WikiLeaks, Snowden, los Panama Papers, Spotlight, MeToo movement) han incrementado la exposición de abusos y consolidado un sentido de vigilancia ciudadana. 

En conjunto, los siglos XX y XXI son los que más engaños institucionales han revelado, no porque antes hubiera menos, sino porque hoy existen mejores condiciones y herramientas para descubrirlos.

Durante estos siglos de revelación ciudadana, subyacentemente se han configurado los valores y conceptos centrales de nuestro tiempo: Racionalidad y método científico, libertad de expresión y opinión pública, derechos individuales, individualismo, capitalismo de mercado, progreso y perfectibilidad, secularización, escepticismo y crítica hacia la autoridad. 

Los valores de nuestra sociedad moderna y contemporánea han servido para mejorar nuestra calidad de vida, pero su deformación ha degenerado en el pensamiento negacionista, ese que fundamenta al terraplanismo: tribalización, relativismo, antiintelectualismo, polarización y caída del prestigio institucional.

Factores psicológicos y sociocognitivos: I want to believe

Existen diversas teorías terraplanistas, algunas con fundamentos religiosos y otras más bien seculares. No existe un solo modelo terraplanista, sino varios. 

Para la Flat Earth Society, la Tierra es un disco plano con el Polo Norte en el centro y la Antártida como un muro de hielo alrededor. El Sol y la Luna serían pequeños y girarían a baja altura sobre el plano.

Para algunos terraplanistas religiosos, la Tierra es plana y está cubierta por un domo sólido que encierra al Sol, la Luna y las estrellas. No existe el espacio exterior.

Otros terraplanófilos piensan que la Tierra no es un disco, sino una superficie que se extiende indefinidamente. No hay borde ni muro de hielo; los continentes conocidos serían sólo una región dentro de una planicie interminable.

No todos los terraplanistas piensan lo mismo, pero sí piensan parecido, tienen una manera de pensar similar. Pareciera que esa forma de conocer el mundo, esa epistemología terraplanista, suele tener ciertos rasgos comunes. Echemosle un vistazo a la cabeza de un terraplanista:  


Mentalidad conspirativa
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⏰ Rango relevante: 3:02 – 3:54

La creencia de que el gobierno, la NASA y las élites ocultan la verdad es el pilar del terraplanismo moderno. Y esta no es la única teoría conspirativa que suelen sostener los terraplanistas. Algunos también son antivacunas o no creen en el cambio climático.

El propio Mark Sargent, uno de los terraplanistas más eminentes, dijo a CNN: “Una vez que entras en el terraplanismo, las otras teorías de conspiración pasan a un nivel inferior. (…) Aquí todos tienen sus 20 teorías conspirativas favoritas. Si fueras de puerta en puerta, esas 20 variarían de persona a persona. Pero la número uno de todos es siempre la Tierra plana”.

La mentalidad conspirativa tiende a interpretar acontecimientos importantes como el resultado de planes secretos de grupos poderosos, asumiendo intenciones ocultas y desconfiando de explicaciones oficiales o evidencias contrarias.

De acuerdo con Alexander Loziak y Dominika Havrillová, existen tres motivos principales que impulsan la creencia en teorías conspirativas:

  1. Motivos epistémicos: las teorías conspirativas ofrecen explicaciones simples y ayudan a las personas a entender el mundo cuando enfrentan incertidumbre.
  1. Motivos sociales: ayudan a mantener una imagen positiva de uno mismo dentro del grupo.
  1. Motivos existenciales: pueden brindar una sensación de seguridad y control en situaciones amenazantes.

Reactancia psicológica: 
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⏰ Rango relevante: 10:50 – 11:11

Es increíblemente difícil dialogar con un terraplanista. Incluso, cuando presentas evidencia comprobada y patente, el terraplanista pensará que eres parte del engaño: has sido engañado y aún no lo sabes, o eres un miembro del complot mundial. 

La reactancia psicológica es una reacción emocional ante la autoridad, ante imposiciones reales o aparentes. Es una respuesta emocional y cognitiva que aparece cuando una persona percibe que su autonomía está siendo restringida, llevándola a resistir, rechazar o hacer lo contrario de lo que se le pide. Así, muchos terraplanistas reciben cualquier afirmación de la autoridad como un intento de control, lo que los impulsa a sostener la postura contraria como acto de independencia.


Cherry picking:
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⏰ Rango relevante: 4:18 – 5:15

Los terraplanistas no son tontos o poco educados. Son ignorantes; entiéndase este adjetivo no como aquel que no conoce, sino como aquel que decide no hacer caso de algo o de alguien. Un terraplanista tomaría este párrafo y se quedaría en el primer punto y coma. Entonces diría que le he dicho estúpido e inculto, cuando en realidad le he dicho necio. Eso es cherry picking. 

El cherry picking, también conocido como la falacia de evidencia incompleta, es elegir y presentar sólo los datos que apoyan una determinada conclusión, ignorando deliberadamente la información que la contradice. El cherry picking es uno de los mecanismos mediante los que opera el razonamiento motivado.


Razonamiento motivado:
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⏰ Rango relevante: 12:58 – 13:46

Para proteger sus creencias, los terraplanistas procesan la información parcialmente y no evalúan la evidencia de forma neutral: dan más peso a los datos que confirman su visión del mundo (sesgo de confirmación), ignoran o descartan los que la contradicen (cherry picking) y perciben cualquier refutación como un ataque personal (reactancia psicológica). Aunque parezca racional, este proceso está guiado por emociones, miedos y necesidades identitarias, haciendo muy difícil cambiar de opinión.


Efecto Dunning–Kruger:
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⏰ Rango relevante: 30:38 – 31:22

En resumidas cuentas, el efecto Dunning–Kruger se refiere a un sesgo cognitivo donde el sujeto sobrestima su conocimiento o capacidad en un área específica. 

Muchos terraplanistas sobrestiman su comprensión de astronomía, física o navegación, y subestiman la complejidad de dichas disciplinas. Los terraplanistas realizan sus experimentos astronómicos caseros, pensando que los practican con rigor y método científico, cuando en realidad no es así. Esto implica una falta de autoconocimiento, pero también implica subestimar el mundo que les rodea. 


Parsimonia mal aplicada:
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⏰ Rango relevante: 5:31 – 5:59

La navaja de Ockham, también llamada principio de parsimonia, establece que ante varias explicaciones para un mismo fenómeno, la más simple es la más probable. Pero la navaja de Ockham es un arma de doble filo: A veces lo que parece no es. 

La realidad es compleja. La astronomía pone en evidencia la inaprensibilidad del cosmos. Por otro lado, nuestros sentidos son limitados; captamos la realidad con una sensibilidad miope. El problema ocurre cuando los terraplanistas, ante una realidad avasallante y haciendo uso de su percepción e intuición limitada, ven el mundo plano y lo creen plano.


Aplicación de marcos epistémicos erróneos:
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⏰ Rango relevante: 2:48 – 3:26

Un marco epistemológico es el conjunto de ideas, criterios y métodos con los que una persona decide qué cuenta como evidencia, qué fuentes son confiables y cómo debe interpretarse un fenómeno. Es, en esencia, la lente con la que vemos el mundo.

Como la realidad es compleja, un mismo fenómeno puede analizarse desde distintos marcos epistemológicos (científico, religioso, filosófico, intuitivo, etc.). Así sucede con el origen del universo. 

Ante la pregunta “¿Qué originó el cosmos?” hay respuestas científicas y religiosas. Ambas respuestas son válidas dentro de su ámbito del conocimiento: la ciencia explica la física del universo observable, mientras que la religión aborda el sentido espiritual de la creación. No es casual que el padre de la teoría del Big Bang, Georges Lemaître, fuese a la vez físico y sacerdote, capaz de distinguir entre ciencia y fe, capaz de cambiar de marco como quien alterna entre gafas de sol y de lectura.

Para cada tipo de pregunta hay marcos adecuados y marcos inadecuados. Para entender la naturaleza del espíritu, por ejemplo, tiene sentido un enfoque religioso, teológico o fenomenológico: la realidad espiritual no es medible, por lo que requiere métodos interpretativos o descriptivos. En cambio, si queremos conocer la forma de la Tierra, no podemos dirigirnos a textos sagrados, debemos aplicar el método científico, el único que produce evidencia empírica sobre fenómenos físicos.

Aunque no son todos, muchos terraplanistas, entre ellos los fundadores del terraplanismo moderno, se fundamentan en textos religiosos para formular su modelo terrestre. Es, como dice el refrán popular, “confundir la gimnasia con la magnesia”, o en este caso: la cosmología con la cosmogonía

¡Nos invaden!

Según una encuesta de YouGov, “solo el 66% de los millennials cree firmemente que la Tierra es redonda”. Plataformas como Forbes y CNN han citado esta cifra. A pesar de lo llamativo del dato, apenas existe investigación sobre este tema. Cuando leí la cifra me resultó difícil de creer, así que decidí investigar.

En este artículo de Craig A. Foster y Glenn Branch para Scientific American, los autores revisan los datos originales y revelan problemas tanto en la elaboración de la encuesta como en la lectura de sus resultados.

En primer lugar, la hoja de cálculo proporcionada por YouGov incluía 10.374 encuestados, frente a los 8.215 del informe público, lo que ya complica cualquier comparación.

En segundo lugar, incluso tomando los datos como válidos, las conclusiones de YouGov parecen equivocadas. Foster y Branch calcularon que alrededor del 82,5% de los jóvenes de 18 a 24 años (etiquetados como “millennials” por YouGov) estuvieron de acuerdo con el enunciado “siempre he creído que el mundo es redondo”, una cifra muy superior al 66% difundido originalmente.

En tercer lugar, la validez de la pregunta también es problemática. “Siempre he creído que el mundo es redondo” es un enunciado ambiguo: no necesariamente expresa una duda actual sobre la forma del planeta. Para la mente quisquillosa puede significar que no siempre supiste esa información, que entiendes que la Tierra no es perfectamente esférica, o que respondiste irónicamente ante un planteamiento poco claro. 

Finalmente, incluso si la encuesta sugiriera mayor incertidumbre entre los jóvenes, no encajaría con otros datos fiables: los adultos jóvenes son menos religiosos que los mayores y más proclives a aceptar consensos científicos sobre la evolución y el cambio climático. Es decir, no hay evidencia sólida que vincule su supuesta duda con ignorancia científica o sesgo religioso.

No nos invaden los terraplanistas. Todavía son unos cuantos, aunque parece cierto que cada vez son más. Pero no podemos responder a la desinformación con más desinformación. Probablemente ahí está el meollo del asunto: hoy en día es muy fácil creer en cualquier cosa y dudar de todo.

La verdad está allá afuera 

Si algo revela el terraplanismo no es la forma de la Tierra, sino el panorama del mundo actual: negacionismo, desconfianza en las instituciones, extremismo, polarización política… Me puse calamitoso. 

Nuestros tiempos también se caracterizan por una mayor justicia social y atención al bienestar, un progreso médico que prolonga y mejora la vida, una cultura cada vez más mezclada pero también más consciente de preservar su patrimonio, y un mayor acceso al conocimiento y a la participación ciudadana.

Entre todos los rasgos negativos y positivos de nuestra época, quizá uno de los más característicos sea la hiperconectividad digital. Por un lado, nuestras relaciones con el exterior son cada vez más mediadas: conectamos con el otro a través de un chat, conocemos el mundo a través de una pantalla. Por otro lado, hemos transformado nuestra manera de conocer: vivimos rodeados de información inmediata y fragmentada. Paradójicamente, la información y la desinformación son tan abundantes que distinguir la mentira de la verdad se vuelve cada vez más complicado.

Tomás de Aquino define la verdad como: “la adecuación del intelecto a la cosa.” Me gusta esa definición. Implica una relación entre el sujeto y la realidad que le rodea. El cosmos es inconmensurable, la realidad es aplastantemente compleja. Por lo tanto, la apertura a la verdad tiene que ser cosmocéntrica: depende de nosotros, porque es resultado de la aplicación exitosa de nuestro intelecto, pero está centrada en el mundo que nos rodea. 

La búsqueda de la verdad requiere cuestionar a los otros y confiar en ellos; implica defender nuestras certezas, pero también someterlas a comprobación y estar dispuestos a cambiarlas; y sobre todo, nos compele a sentirnos asombrados y humildes ante la complejidad del mundo.

Que unos digan que la Tierra es plana o redonda no hará cambiar la forma del planeta. Al universo le importa poco lo que opinen de él. Ha existido sin nosotros y probablemente existirá sin nosotros. La realidad social, por otro lado, es un constructo nuestro. Nuestra civilización ha sido levantada, no por élites confabuladoras, sino por el entramado social: toda la gente de todos los tiempos. Por eso importa lo que opina el otro, el vecino, el presidente, el astrónomo, el chofer.

Todavía la mayoría piensa que la Tierra es redonda, pero cada vez parece más probable subir al Uber y que el conductor te diga: 

“¿Jesús? Buenos días… La M-30 está fatal, hasta arriba de inmigrantes… ¿Enciendo el aire? Sube los cristales, nos miran las cámaras, digo, los pájaros… ¿Está bien la música? Elvis Presley vive en Ibiza; las vacunas nos matan; el Holocausto no existió; y la Tierra es plana, ¡plana como una tortilla de patatas!”