Este artículo pertenece a la serie de ensayos titulada Tabúes gastronómicos.
Las ballenas son esenciales para la salud de los océanos: fertilizan los ecosistemas marinos, sirven como indicador de la salud oceánica y ayudan a mitigar el cambio climático: una ballena, a lo largo de su vida, almacena tanto carbono como 1.000 árboles. Además, generan una industria global de avistamiento valuada en más de 2 mil millones de dólares.
En el siglo XIX, la caza de ballenas se convirtió en una industria multimillonaria, impulsada por la demanda de aceite para lámparas, carne y productos derivados de los huesos, el blubber y las barbas.
Durante el siglo XX, se cazaron unos 2 millones de ballenas en el Océano Austral, llegando a 80.000 al año en la década de 1960.
La sobreexplotación llevó a muchas especies al borde de la extinción, lo que motivó la creación de la Comisión Ballenera Internacional (CBI).
A medida que las poblaciones escaseaban y los sustitutos del aceite se volvían más baratos, la industria ballenera perdió rentabilidad. Finalmente, en 1986 la CBI estableció una moratoria global, prohibiendo la caza comercial de ballenas y el comercio internacional de productos balleneros. La moratoria suspendió el comercio ballenero, pero también las tradiciones y el sustento de diversos grupos étnicos.

La caza de los inuit
Durante miles de años, los pueblos inuit han sobrevivido en el Ártico cazando ballenas.
En la antigüedad, subían a sus embarcaciones, los umiaks, entre 4 y 12 tripulantes, y emboscaban a las manadas cerca de los cabos. Herían a la presa con arpones unidos a boyas de piel de foca y la agotaban hasta la muerte. Luego remolcaban el cuerpo hasta el hielo, donde lo descuartizaban en comunidad y lo repartían entre los cazadores.
Nada se desperdiciaba: la grasa servía como alimento y combustible, los huesos para construir viviendas y tallar utensilios, las barbas para tejer cestas y la piel como un manjar muy apreciado (muktuk).

Al carajo todos
Después de miles de años de tradición, la caza comercial de ballenas llegó al Ártico y transformó la vida de los inuit. En Groenlandia, la llegada de los balleneros fue traumática: algunos inuit huyeron de sus asentamientos por el temor a los abusos de las tripulaciones.
En el Ártico canadiense, en cambio, la experiencia fue más ambivalente: los inuit eran contratados como arponeros reconocidos por su destreza. Esa relación simbiótica hizo que adoptaran parte de la tecnología ballenera, pero también los hizo dependientes de ella.
Cuando la caza comercial terminó, cuando el valor de la industria ballenera cayó y la CBI impuso su moratoria, los inuit perdieron socios comerciales, acceso a medios de distribución y equipos de caza que habían usado durante generaciones. A esto se sumó el grave agotamiento de las poblaciones de ballenas.
Mientras en Alaska los inupiat conservaron sus umiaks y prácticas tradicionales, en el Ártico canadiense la transición dejó un vacío profundo en la vida cultural, económica y alimentaria de los inuit.
Al final, la CBI reconoció la importancia de las ballenas para la vida de los pueblos inuit. Entonces otorgó ciertas cuotas para caza de subsistencia aborigen, justificada por la supervivencia en un entorno extremo, el uso integral del animal y el valor cultural.

Cargar con el muerto
Con el tiempo, algunos de los más acérrimos activistas antiballeneros han reconocido el derecho de los inuit a cazar ballenas. Ese es el caso de Greenpeace, quien luego de años de perjudicar económica y culturalmente a los aborígenes del Ártico, brindó su apoyo a la caza de subsistencia.
En 1997, un grupo de activistas de Greenpeace ayudó a los inuit yupik de Gambell a remolcar una ballena muerta. Entonces la organización Sea Shepherd acusó a sus colegas ambientalistas de apoyar la caza de ballenas. Cuando Greenpeace reiteró su apoyo a la caza de subsistencia, Sea Shepherd advirtió que trataría al barco de Greenpeace como si fuera un ballenero.

Pagar los platos rotos
Las actividades de subsistencia de los pueblos indígenas rara vez provocan la sobreexplotación de un recurso vivo, pero suelen ser ellos quienes más sufren las medidas para corregirla. Los inuit han sido afectados tanto por la caza comercial de ballenas como por su prohibición.
Tras años de perjuicios a los pueblos inuit de parte de balleneros y antiballeneros, hoy la caza de ballenas de los inuit se reconoce y respeta como una forma de subsistencia. En cambio, en las Islas Feroe, la tradición ballenera despierta polémica internacional.

La caza en las Islas Feroe
En las aguas gélidas del Atlántico Norte se levanta un pequeño archipiélago volcánico: las Islas Feroe. Con más ovejas que personas, sus casi 55.000 habitantes gozan de acantilados verdes, aldeas acogedoras y una vida definida por el mar.
Desde 1920, la pesca ha sido su principal fuente de ingresos: emplea al 15 % de la población, aporta cerca del 20 % del valor agregado y supone alrededor del 90 % de las exportaciones. Aunque sigue siendo el motor económico, en las últimas décadas se han potenciado otros sectores para reducir la dependencia pesquera, como los servicios financieros, el petróleo, la manufactura, el turismo, la aviación, la tecnología y las industrias creativas.
Con una de las tasas de fertilidad más altas de Europa (2,3 hijos por mujer) y una esperanza de vida comparable a la de los países escandinavos (80,4 años para los hombres y 83,3 para las mujeres), los feroeses viven entre la modernidad y la fidelidad a sus tradiciones. “Su ingenio se hace evidente en cada aspecto de la vida cotidiana, moldeado por los paisajes salvajes que los rodean”, dice el gobierno feroés sobre su propia gente.
Cuando un bote feroés avista una manada de ballenas, la señal corre de embarcación en embarcación hasta alcanzar la costa. En tierra, alguien grita “grindaboð!”. El aviso se esparce por las calles y el pueblo entero se moviliza: hombres, mujeres y niños dejan lo que están haciendo y corren hacia la playa con cuerdas, ganchos, lanzas y cuchillos.
Desde sus botes los pescadores asustan a las ballenas y delfines, golpeando el agua con remos o revolucionando las hélices de sus embarcaciones. Los animales tratan de escapar, dirigiéndose hacia la costa, donde los espera la emboscada: al encallar las presas, los aldeanos más experimentados introducen un gancho en sus espiráculos, en la fosa nasal de los mamíferos marinos, y los arrastran a la orilla. Allí, en un mar teñido de rojo, los cetáceos son sacrificados y su carne repartida entre la comunidad.
Grindadráp, o simplemente el grind, es el nombre que dan los feroeses a su tradicional caza de ballenas. Es una práctica milenaria, cuyo origen se debe a la subsistencia de los antiguos isleños, y que hoy persiste como una tradición comunitaria.

¿Una mala costumbre?
El grind es condenado por diversos sectores de la comunidad internacional, mientras que es defendido por feroeses y autoridades locales. ¿Quién tiene razón? Te cuento qué dice cada lado.
¿Sostenible o insostenible?
Según el gobierno feroés, “la población de ballenas piloto en el Atlántico Norte oriental asciende a unos 380.000 ejemplares, de los cuales 100.000 habitan en el área que rodea las Islas Feroe.
El promedio de capturas de ballenas piloto en las Feroe durante los últimos 20 años ha sido de aproximadamente 600 animales por año.”
Los defensores del grind la definen como una tradición ancestral, regulada y orientada al reparto comunitario de la carne. Sostienen que las capturas son históricamente estables: menos del 1 % de la población de ballenas piloto. Dicen que frente a la industria cárnica de otros países, el grind representa un método local, equitativo y sostenible.
Según las autoridades feroeses, “se llevan registros de todas las cacerías de ballenas piloto desde 1584, y la práctica se considera sostenible.” Mientras tanto, sus críticos responden que no existen cuotas de caza ni estudios suficientes para garantizar la sostenibilidad de los cetáceos; para soportar su argumento suelen recordar la matanza de 1.400 delfines en un día de 2021.
¿Aturdimiento o sufrimiento?
Los defensores del grindadráp aseguran que los métodos de sacrificio se han modernizado. Afirman que el uso del lanzazo espinal y la certificación de cazadores reducen el sufrimiento.
El movimiento Stop the Grind denuncia que los cetáceos son perseguidos y agobiados, arrastrados con ganchos y sometidos a una agonía lenta. Señalan que el lanzazo espinal solo paraliza al animal sin evitar su muerte dolorosa. Según el movimiento anti-grind, “Sea Shepherd ha documentado que la matanza de ballenas o delfines dura alrededor de 2 minutos y, en los peores casos, hasta 8 minutos.”
¿Necesario o innecesario?
Otro argumento a favor del grind es que la caza de ballenas fortalece la autosuficiencia de una comunidad aislada, reduce la necesidad de importar carne y forma parte de su identidad cultural.
“Como todos los pueblos y naciones del mundo, los feroeses también tienen el derecho, reconocido por el derecho y los acuerdos internacionales, de utilizar los recursos naturales que tienen a su alcance. Cuando se cazan ballenas, todo se aprovecha y nada se desperdicia.
En los supermercados de las Islas Feroe se pueden comprar todo tipo de alimentos importados, pero gran parte de lo que consumen los feroeses proviene de la caza y la pesca locales. (…) La economía de subsistencia, basada en los alimentos obtenidos y producidos de forma privada, constituye un complemento importante y significativo para los hogares feroeses.” —Caza de ballenas sustentable, Whaling.fo
En contraste, sus detractores replican que las Feroe cuentan con una economía sólida basada en la pesca, el comercio internacional y la importación de alimentos. Por lo tanto, la subsistencia no depende ya de esta práctica.
“Las Islas Feroe son una sociedad moderna, con altos niveles de vida, una infraestructura sólida y pleno acceso a alimentos importados gracias al comercio internacional. En este contexto, el grindadráp no puede justificarse como una cuestión de supervivencia.” —Sea Shepherd en su artículo Ballenas sacrificadas mientras la tradición prevalece.
Además, en cuanto a la ballena como fuente de nutrientes, tanto defensores como detractores del grind están de acuerdo en que su consumo es perjudicial para la salud: los cetáceos acumulan altos niveles de mercurio, PCBs y otras toxinas a lo largo de su vida. Estudios en las Islas Feroe y Groenlandia han vinculado su ingesta con daños neurológicos en niños y adultos, además de alteraciones inmunológicas y cardiovasculares, arteriosclerosis, diabetes tipo 2 y un mayor riesgo de Parkinson.
¿Autodeterminación o modernización?
Por último, los campeones del grindadráp dicen que las críticas externas son una forma de imposición colonial, una manera de ignorar la legitimidad cultural de una pequeña nación.
“Aunque ha sido considerado controvertido por la opinión pública internacional, es importante señalar las dinámicas de poder colonial presentes en esa crítica. El grindadráp brinda un sentido de identidad, cultura y empoderamiento a una pequeña nación insular, contribuyendo a la pesca sostenible y a la seguridad alimentaria del país.” Así lo establece Emma Mayhew en su artículo Matar para cuidar: la caza de ballenas piloto en las Islas Feroe.
Los críticos contestan que las tradiciones deben revisarse cuando implican sufrimiento innecesario, y recuerdan ejemplos como la prohibición de la caza del zorro en Reino Unido o la exigencia de aturdimiento previo al sacrificio en Bélgica.
En este sentido, el movimiento Stop the Grind dice que “cuando se trata de equilibrar la protección animal frente al patrimonio y la tradición cultural, existe un precedente cada vez mayor a favor del trato ético y la conservación de los animales.”
Mientras unos ven en el grind un ejemplo de autosuficiencia y una tradición cultural, otros lo perciben como una práctica innecesaria, cruel y poco regulada, cuya vigencia choca con los estándares actuales de bienestar animal y conservación.

Inuit, feroeses y el resto del mundo
Tanto los inuit como los feroeses cazan ballenas, pero lo hacen desde contextos distintos. En el Ártico, la caza de subsistencia es una respuesta a la escasez; en las Islas Feroe, es una afirmación identitaria en tiempos de abundancia.
Para inuit y feroeses, comer ballenas implica, intencionalmente o no, un acto político. En ambos casos, la caza de cetáceos plantea un conflicto entre sostenibilidad y sustento, entre ecología y tradición. En una y otra orilla, cazar ballenas supone enfrentar los modos de vida de una nación frente al contexto internacional.
Al ponderar las justificaciones de ambos pueblos, quizás una es más válida que la otra: el sustento inuit parece ser justificación suficiente, planteando una excepción a la regla; en el caso de los feroeses y su argumento sobre la tradición, no sé qué tanto.
Lo cierto es que ambos, inuit y feroeses, han quedado a la sombra de los balleneros comerciales, contrayendo sus penas y obligaciones sin heredar ningún beneficio.
Actualmente, Noruega, Japón e Islandia desafían la moratoria de la Comisión Ballenera Internacional. Hoy Noruega es el mayor cazador de ballenas del mundo, cazando unas 500 al año; sigue Japón, con unas 300; e Islandia, quien este año ha suspendido la temporada de caza.
La carne de ballenas no tiene una gran demanda. En 2025, la mayor empresa ballenera de Islandia decidió no cazar durante la temporada. La decisión no es ecológica, sino comercial. Su director general, Kristján Loftsson, indicó: “la evolución de los precios de los productos en nuestro principal mercado, Japón, ha sido desfavorable últimamente y está empeorando”.
Noruega, Japón e Islandia argumentan que la caza de ballenas es orgullo nacional y patrimonio cultural. Dichos países cazan ballenas en sus aguas, en sus jurisdicciones. Sin embargo, a diferencia de los inuit y los feroeses, su principal aliciente parece ser económico y político.
“La respuesta radica más en el simbolismo político, la postura nacionalista y la obstinada defensa de industrias moribundas que en una verdadera demanda de carne de ballena o en un interés genuino por preservar una cultura y una tradición, por más obsoletas que sean” —dice Clare Perry, Senior Ocean Adviser para Environmental Investigation Agency UK.
Más allá de los métodos, ¿qué diferencia la caza de ballenas de inuit, feroeses, noruegos, japoneses e islandeses? La respuesta parece ser compleja, dependiendo de las circunstancias particulares de cada pueblo. Ni el argumento del patrimonio cultural ni el del sustento bastan por sí solos: la valoración pasa por entender la magnitud que cada tradición y modo de vida tiene en su propio contexto.
Los tabúes gastronómicos no son absolutos, dependen de las circunstancias. Incluso en los casos donde los tabúes son universales, donde una prohibición legal internacional es decretada, las circunstancias locales se imponen.
Uno de los argumentos más contundentes contra el grindadráp es el sufrimiento infligido a los cetáceos, animales considerados sociales y sintientes. ¿Qué pasa cuando un animal abunda en el mundo, cuando su especie está libre de peligro, pero su crianza implica el sufrimiento? Ese es el caso del pato y el foie gras, nuestro siguiente tabú gastronómico.
Echa un vistazo abajo a nuestros tabúes gastronómicos.


Dogma alimentario
¿Qué ocurre cuando la fe prohíbe un alimento?

Proteínas en extinción
Si soy inuit o feroés, ¿puedo comerme una ballena? ¿aunque esté en peligro de extinción?

Delicia hepática
Qué rico es el foie gras. ¿Cuál es el problema en cebar al pato hasta reventarle el hígado? ¿No sufren todos los animales al ser sacrificados?

Ladra y se come en verano
¿Y los perros y gatos? Esos no están en peligro; si los pongo a dormir con cuidado, ¿podría comerlos?

Manjar de sí mismos
¿Y humanos? Si mi colega lo consciente, ¿podría servirlo con brócolis y patatas?

Sobremesa
Al final: ¿realmente somos libres de comer lo que queramos?

