Este artículo pertenece a la serie de ensayos titulada Tabúes gastronómicos.
En 2018 me mudé con mi familia a España. Entonces Monze tenía 8 meses de edad. Los madrileños veían a mi sobrinita en la calle y decían: “¡Para comérsela con patatas!” En Venezuela decimos algo parecido: al ver un bebé, es común que una señora exclame: “Qué gordo tan rico, para comérselo”. Valentina (mi señora esposa), cada vez que ve a uno de mis sobrinos quiere “caerle a mordiscos”. Pensándolo en frío, aquello es como decir: “Qué bello tu bebé, provoca caerle a patadas.”
Los bebés son apetitosos en todo el mundo. En inglés, al fenómeno se le conoce como “cute aggression” o “agresión tierna”: el impulso momentáneo de morder algo que nos parece muy lindo, sin intención de hacer daño. Es una forma de exhibición dimorfa: una expresión emocional en la que el comportamiento externo de alguien no coincide con sus sentimientos internos, y a menudo parece contradictorio. Y es que el apetito por nuestros semejantes suele ser realmente escandaloso.
La proteína humana no es parte de mi dieta, no lo ha sido y no lo será; a menos que mi avión se estrelle en los Andes y tenga que recurrir a la antropofagia para sobrevivir. Incluso entonces, la idea de ingerir a otro colega me resulta repulsiva. Dicha repulsión parece ser compartida por la mayoría de la gente. Sin embargo, hasta la prohibición culinaria más obvia y extendida no es tan simple ni tan universal.
“Casi nunca nos detenemos a considerar que históricamente el carácter de omnívoro ha de tomarse en su sentido estricto, pues también los humanos han hecho manjar de sí mismos”, dice José Rafael Lovera en su ensayo Revisión de un tabú gastronómico, en Gastronáuticas.

Los caníbales
Los diarios de Cristóbal Colón relatan sus primeros contactos con los pueblos de las Antillas. En ellos, el almirante menciona el temor que infundían los “carib” (caribes), también llamados “caniba”, identificados como guerreros devoradores de gente. Del nombre de aquellos pueblos isleños nació el término caníbal.
El canibalismo es común en muchas especies animales. Para los tiburones toro comienza antes de nacer, cuando los embriones se devoran entre sí hasta que solo uno sobrevive. Las hembras de los perritos de las praderas invaden madrigueras ajenas, matando y devorando crías e incluso a sus madres. Los sapos de caña practican el canibalismo desde que son renacuajos: en un estudio, el 64% de sus presas eran de su propia especie. Algunas serpientes, como la cascabel, consumen a sus crías muertas para recuperar nutrientes. Y en el mundo de los insectos, la araña de lomo rojo lleva el fenómeno al lecho nupcial: tras el apareamiento, el macho se ofrece para que la hembra lo devore.
El canibalismo entre humanos, la antropofagia, no es tan frecuente. Sin embargo, ha estado presente en diversas culturas, durante cientos de miles de años. Desde la prehistoria hasta la actualidad, la antropofagia ha estado motivada por diversas razones: nutricionales, rituales y patológicas.

Canibalismo nutricional
Las marcas de corte en los huesos de homínidos y neandertales muestran que la antropofagia ha existido desde hace, al menos, 900.000 años. También se han hallado huesos humanos rotos, con marcas de dientes y señales de cocción, provenientes de la Edad de Bronce europea, hace unos 4.000 años. Se practicó durante las cruzadas y en las guerras mundiales.
Según la teoría del forrajeo óptimo, debido a su disponibilidad inmediata, otros homínidos eran presas abundantes y con suficiente valor calórico para sus congéneres. De ahí que el hombre haya hecho manjar de sí mismo, a veces como proteína regular de su régimen alimenticio, y otras como alimento de una dieta provisional, impulsada por el hambre y la necesidad.
Es sabido que, durante tragedias concretas, en casos de extrema supervivencia, el ser humano ha recurrido a la antropofagia: el naufragio de la fragata francesa Méduse en 1816, la tragedia de la expedición Donner en Sierra Nevada durante la década de 1840, o la expedición Franklin en el Ártico en 1846. Más recientemente, en 1972, los supervivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya lograron resistir en los Andes alimentándose de los fallecidos.
Nutricionalmente, la carne humana no difiere mucho de la de cerdo o res: contiene grasas, proteínas completas y trazas de carbohidratos. Aporta minerales como hierro y zinc, vitaminas del grupo B, y puede ser muy calórica. Sin embargo, así como en tiempos recientes ha ocurrido con la quinoa o los arándanos, en el pasado la proteína humana llegó a considerarse un “superalimento”, exagerando su valor nutricional y medicinal.
En Europa, durante los siglos XVI y XVII, se recetaban remedios compuestos de sangre, grasa y huesos humanos. Se elaboraban a partir de exhumaciones recientes o de momias egipcias, de las cuales se usaba su carne seca y el líquido que emanaba de ellas.
Paracelso, famoso alquimista suizo, consideraba terapéutico beber sangre humana fresca. Además, aseguraba que el consumo de cráneo humano podía curar los males de la cabeza. Decía que las mejores calaveras eran las provenientes de hombres muertos violentamente.
Carlos II, rey de Inglaterra y amante de las artes y las ciencias, tomaba a diario unas gotas medicinales que, según él, curaban todas las dolencias. Estaban elaboradas con cráneos humanos y musgo de calavera, saborizadas con vino o chocolate. Algunos creen que esta pócima aceleró su muerte, pues en su lecho de agonía los médicos le administraban unas 40 gotas al día.

perteneciente al Cleveland Museum of Art, con número de catálogo 1959.38.
Irónicamente, se presume que Carlos II murió por insuficiencia renal a causa de la gota —la enfermedad, no la pócima—. Al menos su destino fue menos sangriento que el de su padre, Carlos I, quien fue decapitado. Tras su ejecución, los presentes mojaron sus pañuelos en la sangre del rey, algunos confiriéndole un poder sanador.
Desde la antigüedad se ha creído que los restos mortales conservaban el espíritu del difunto. Dichos restos, decían, tenían poderes curativos. Cuando la antropofagia no responde únicamente a una lógica nutricional, la frontera entre lo medicinal y lo ritual se desdibuja.

Canibalismo ritual
El canibalismo ritual se da en grupos tribales cuyas creencias exigen sacrificar e ingerir a una víctima, o consumir a los ya fallecidos. Se habla de exocanibalismo cuando se consume a individuos ajenos al grupo social, ya sea como alimento, como afirmación de dominio o para incorporar el espíritu del enemigo. Se llama endocanibalismo cuando se consume a un miembro del propio grupo, ya sea por hostilidad o como rito funerario tras la muerte de un ser querido.
El canibalismo ha sido documentado en pueblos de todo el mundo, como los aztecas en Mesoamérica, los hurones e iroqueses en Norteamérica, los Asmat en Nueva Guinea, los ashanti en África occidental, los aghori en la India o los maoríes en Nueva Zelanda.
Para los aztecas, el canibalismo solía ser una forma de sacrificio ritual, necesario para mantener el orden cósmico. Los rituales antropófagos se realizaban sobre todo en invierno y en épocas de sequía, vinculados al ciclo agrícola y a la guerra.
Tecoaque es un sitio arqueológico en México, cuyo nombre significa “lugar en donde se comieron a los señores”. Estuvo habitado por los Acolhuas, una división tribal aliada de los Aztecas. En 1520, los habitantes del pueblo capturaron un convoy español compuesto de unas 550 personas. Durante los meses siguientes, todos fueron sacrificados, muchos de ellos en ritos caníbales. Tiempo después, Hernán Cortés se vengó, ordenando diezmar el pueblo. Desde entonces los restos de comensales y comidos alfombraron el suelo del yacimiento mexicano.
Al otro lado del mundo, en Nueva Guinea, los Asmat han sido reconocidos internacionalmente por dos razones: la primera, sus espectaculares tallas de madera; la segunda, por practicar el canibalismo y la cacería de cabezas. En 1961, Michael Rockefeller visitó a los Asmat por la primera razón, y posiblemente desapareció por la segunda.
Michael, miembro de la poderosa familia americana, había elegido la antropología y la aventura en lugar de la política y los negocios. Había pasado meses en Nueva Guinea, recolectando arte africano para exhibirlo en el Museo de Arte Primitivo de Nueva York. En la expedición, cuando su embarcación naufragó, Michael intentó llegar nadando a una aldea, pero nunca volvió a ser visto.
Su desaparición generó una búsqueda internacional, hasta que fue declarado muerto por ahogamiento oficialmente.
En 1965, el funcionario colonial Wim van de Waal interrogó durante meses a la tribu Otsjanep de la región Asmat. Entonces dijo haber hallado pruebas, restos óseos, que demostraban la muerte de Michael en un ritual caníbal. Sin embargo, el gobierno holandés decidió mantener la versión del ahogamiento para evitar escándalos y conflictos.

President and Fellows of Harvard University; Peabody Museum of Archeology and Ethnology [155700080]
Cincuenta años después, el periodista Carl Hoffman visitó a los Asmat y escribió el bestseller Savage Harvest. Según Hoffman, la desaparición de Michael sólo puede entenderse en un contexto de colonialismo, justicia tribal y prácticas rituales.
Hoffman concluyó que Rockefeller fue probablemente asesinado y devorado como represalia por agravios coloniales: los Asmat concebían la violencia como un equilibrio sagrado entre vida y muerte. Michael llegó a sus costas luego de que una incursión de la policía holandesa asesinó a cuatro líderes de la tribu. El sacrificio de Michael podría haber restituido el orden para los Asmat.
Los Asmat practicaban el canibalismo para absorber el poder espiritual de sus enemigos. Algunos reportes indican que abandonaron esta práctica entre 1950 y 1990, tras la influencia de los misioneros. Hoy son mayoritariamente católicos.
Otros que se convirtieron al cristianismo fueron los romanos, no sin antes perseguir a los primeros cristianos, a quienes acusaron de canibalismo: en la última cena, Jesús tomó el pan, lo bendijo y lo repartió entre sus discípulos, diciendo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Luego tomó la copa y continuó: “Bebed de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”.
La eucaristía es uno de los sacramentos centrales del cristianismo, donde los miembros de la iglesia comen y beben a Dios hecho hombre. Para ciertas ramas del cristianismo, la eucaristía es un ritual simbólico. Para los católicos, es literal: por medio de la transubstanciación, la apariencia del pan y el vino no cambia, pero su “sustancia” se transforma radicalmente en el cuerpo y la sangre de Jesús.
En el año 176 d. C., ante la persecución romana, un cristiano llamado Atenágoras escribió una carta al emperador. En ella argumentaba que los cristianos no podían ser caníbales, porque el canibalismo requería que la víctima estuviera muerta, mientras que Cristo seguía vivo. Tal defensa no resultó convincente, pues la persecución se prolongó dos siglos más. Irónicamente, con el tiempo los cristianos adoptarían el discurso romano para estigmatizar y perseguir a otros credos.
Ciertos autores, como W. Arens y Gananath Obeyesekere, establecen que el Occidente cristiano inventó relatos de canibalismo tribal para legitimar el colonialismo: los españoles en Mesoamérica, los británicos en Norteamérica y las demás potencias europeas en África y Polinesia. Probablemente, esta sea una verdad parcial.
Es cierto que los colonos recurrieron al discurso del “canibalismo” y a la “evangelización” para justificar el control sobre los pueblos indígenas. Sin embargo, lo más probable es que exageraran y distorsionaran una práctica real: la evidencia arqueológica muestra que el canibalismo tribal existió, en gran medida ligado al sacrificio humano, practicado por comunidades selectas en rituales específicos.
Ya hemos dicho que el canibalismo se ha practicado en todo el globo y en todas las eras. Pero también es cierto que siempre se ha condenado. Aunque diversos grupos humanos lo han practicado, la mayoría lo ha prohibido. Algunos lo han considerado un ritual sagrado, otros una práctica abominable. ¿Quién tiene razón? ¿Existe algo fundamentalmente malo en comernos los unos a los otros?

Canibalismo patológico
Hoy en día entendemos el canibalismo como un comportamiento aberrante, antes que como un fenómeno social y cultural. Desde el punto de vista clínico, la antropofagia es una desviación de la conducta relacionada con trastornos psiquiátricos, enfermedades mentales, abuso de sustancias y entornos familiares disfuncionales.
El canibalismo puede adoptar distintas formas: el vampirismo clínico es una parafilia en la que beber sangre humana provoca excitación o placer sexual. El autocanibalismo o autosarcofagia consiste en ingerir partes del propio cuerpo; es una práctica rara, usualmente vinculada a la psicosis. Existe el necrocanibalismo, que supone comer carne de un cadáver, y el canibalismo homicida, donde la víctima es asesinada con el fin de ser devorada. También hay quien llama canibalismo a la placentofagia: el consumo posparto de la placenta del bebé.
A excepción de la placentofagia, la cual es desaconsejada por profesionales de la salud, la mayoría de las formas de canibalismo son penalizadas. Legalmente, están tipificadas como delito en la mayoría de los países, ya sea como homicidio, profanación de cadáveres o actos contra la dignidad humana. Socialmente, el canibalismo es considerado una práctica tabú, condenada, que sobrevive en la memoria cultural, en el imaginario del horror y en los estudios críticos sobre el poder, el colonialismo y el otro.
Las epidemias zombis, los vampiros desalmados y la psique retorcida de Hannibal Lecter son algunos referentes célebres de la ficción, habitantes de un subgénero del horror que mantienen fresco el relato de la antropofagia. Jeffrey Dahmer, Alberto “el caníbal de Ventas” y Dorancel “el Comegente” son, en cambio, figuras de carne y hueso, cuyos nombres persisten como recordatorio de la barbarie humana. Entre ellos, uno de los casos más curiosos e inquietantes es el del “caníbal de Rotemburgo”.

El caníbal de Rotemburgo
En 2001, Armin Meiwes era un vecino común, era un exsoldado alemán y técnico de computadoras de 42 años. En marzo de ese año, Meiwes publicó un anuncio en internet buscando a un hombre dispuesto a ser comido. A ello respondió Bernd Brandes, un ingeniero berlinés de 43 años. Al poco tiempo ambos se encontraron en la casa de Meiwes.
Meiwes había preparado seis cuchillos, un hacha y una picadora de carne para el acto. Alrededor de la medianoche, juntos instalaron un equipo de video para filmar la mutilación y el festín. El video duró 4 horas y en él Brandes manifestó y reafirmó su consentimiento para ser torturado y comido.
Al principio Brandes decidió cancelar, diciendo que su compañero era “demasiado benigno”. Luego se retractó y reanudó la faena, ingiriendo somníferos y alcohol. Entonces consintió que Meiwes le amputara el pene para cocinarlo y comerlo juntos. El acto sadomasoquista duró ocho horas, culminando con la muerte y el descuartizamiento de Brandes.
Meiwes guardó los restos en el congelador y enterró el cráneo en su jardín. Cocinó la carne con ajo y aceite de oliva y la acompañó con un vino sudafricano, disfrutándola con sus mejores cubiertos, a la luz de las velas. Así, durante semanas, llegó a consumir unos 20 kilos, hasta ser descubierto por la policía. Entonces la justicia alemana se enfrentó a un caso sin precedentes.

El caso de Armin Meiwes y Bernd Brandes llevó al límite la idea del consentimiento: uno deseaba comerse a alguien y el otro ser comido; ambos dejaron constancia clara y repetida de su acuerdo; ambos mantenían amistades, llevaban una vida cotidiana funcional y eran capaces de asumir responsabilidades jurídicas. El derecho alemán no tipificaba el canibalismo como delito específico y sancionaba levemente el suicidio asistido. ¿Podría el acto caníbal estar justificado?
Tras dos juicios y una cobertura sensacionalista por parte de los medios de comunicación, Meiwes recibió cadena perpetua, la cual cumple a la fecha. Si ambas partes estaban de acuerdo, ejerciendo su libertad, ¿por qué habría de condenarse a Meiwes?
En su ensayo Revisión de un tabú gastronómico, José Rafael Lovera conjetura sobre el tema y cita al ilustre Voltaire:
“Sin duda que el comerse los hombres entre sí ha sido uno de sus más arraigados hábitos, del cual hay tantos y tan acreditados testimonios que es difícil borrarlo de la historia de la gastronomía, y aun poner su carácter placentero en tela de juicio. No en balde, el incisivo Voltaire, en su Ensayo sobre las costumbres de las naciones, al tratar el tema, se interrogaba: ‘¿Cómo hombres separados unos de otros por tan grandes distancias han podido coincidir en tan horrible costumbre? ¿Hemos de concluir que ella no es tan absolutamente opuesta a la naturaleza humana como parece?’”
La presencia histórica y universal de una conducta no la convierte en ética o moralmente correcta. Desde el paleolítico el hombre ha robado, violado y asesinado. Aun así, dichos actos se repudian y se condenan. Por otro lado, la autonomía no basta para legitimar lo que atenta contra la dignidad humana y los fundamentos de la vida en sociedad.
En el plano de la ética individual, el consentimiento de Brandes no elimina el hecho de que Meiwes le quitó la vida; matar a otro no puede reducirse a un “contrato” entre partes.
Desde la ética social, aceptar ese acto como válido erosionaría la base de la convivencia, pues normalizaría prácticas destructivas que deshumanizan tanto a la víctima como al victimario.
En términos de cultura y moral, el canibalismo implica convertir al otro en objeto de consumo; por ello se percibe como una transgresión absoluta a la dignidad humana, incompatible con la idea de civilización.

El apetito humano
Queremos todo: vamos a la Antártida, al polo Norte, a las profundidades del océano, a la Luna. Saltamos en paracaídas desde el espacio: 38.969 metros en caída libre, superando la barrera del sonido. Tenemos sexo en las posiciones y maneras más complicadas, bebemos hasta desfallecer y comemos más de lo debido; es decir, la pasamos bomba.
¿Por qué queremos más de lo necesario? En la universidad me enseñaron que existe una fisura ontológica en la naturaleza humana. Cuando Dios expulsó a la parejita del Edén, les condenó a vivir con sus apetitos desordenados: la concupiscencia de San Agustín, el fomes peccati (“combustible del pecado”) de Santo Tomás de Aquino, esa inclinación interna al exceso y al deseo desmedido.
Lo que no me enseñaron en la universidad: evolutivamente, en un mundo incierto, el exceso ha sido ventajoso: come de más, porque mañana puede no haber comida; disfruta del sexo sin pensar en los hijos: así, sin proponértelo, ayudas a perpetuar la especie; explora territorios nuevos, porque encontrar nuevos recursos salvará a la tribu. De este modo, nuestro cerebro, especialmente el sistema de dopamina, aprendió a reforzar la anticipación y la novedad, evitando la conformidad.
Ese apetito insaciable nos ha llevado a descubrir mejores horizontes y modos de vida, pero también nos ha empujado a probar lo prohibido: la manzana del Edén, la carne del vecino.
El canibalismo ha sido una práctica marginal presente en toda la historia de la humanidad. Puede ser un cable suelto, un defecto de fábrica, o quizás sea el remanente caducado de un impulso natural y arcaico. De cualquier manera, el gusto por la proteína humana parece contrario a la moral actual.
La antropofagia es un fenómeno complejo que exige una mirada multidisciplinaria. Comprenderlo implica atender a los contextos históricos, culturales y sociales. Abordarlo con sensibilidad supone reconocer la diversidad de prácticas y motivaciones que lo han acompañado: desde rituales ancestrales, pasando por tradiciones culturales específicas, hasta circunstancias extremas e individuales.
Como diría el poeta Marshall Bruce Mathers III: “We ain’t nothin’ but mammals. Well, some of us cannibals who cut other people open like cantaloupes.” (No somos más que mamíferos. Bueno, algunos de nosotros somos caníbales que abren a otras personas como si fueran melones).
En definitiva, hoy el canibalismo no es una práctica aceptada ni extendida, sino un tabú que trasciende lo gastronómico y revela, quizá mejor que ningún otro, los límites de nuestro inagotable apetito humano.
La cena ha estado brutal: muy rico el cuajado de morrocoy, divinos los mariscos trefa, extraordinario el muktuk de ballena, decadentes los taquitos de foie gras, fenomenal la sopa de perro y espectaculares las nalgas del vecino. Recogidos los platos, aún nos queda tiempo para el postre, los chupitos y el café, así que aprovechemos de hablar un ratico más, no vayan a echarnos del local. Terminemos esta serie de tabúes gastronómicos con La Sobremesa.
Echa un vistazo abajo a nuestros tabúes gastronómicos.


Dogma alimentario
¿Qué ocurre cuando la fe prohíbe un alimento?

Proteínas en extinción
Si soy inuit o feroés, ¿puedo comerme una ballena? ¿aunque esté en peligro de extinción?

Delicia hepática
Qué rico es el foie gras. ¿Cuál es el problema en cebar al pato hasta reventarle el hígado? ¿No sufren todos los animales al ser sacrificados?

Ladra y se come en verano
¿Y los perros y gatos? Esos no están en peligro; si los pongo a dormir con cuidado, ¿podría comerlos?

Manjar de sí mismos
¿Y humanos? Si mi colega lo consciente, ¿podría servirlo con brócolis y patatas?

Sobremesa
Al final: ¿realmente somos libres de comer lo que queramos?





